lunes, 5 de noviembre de 2012

Capítulo 5

El timbre de la casa de Pablo suena. El chico, ya vestido y desayunado, está preparado para trabajar con su amiga. 
- Buenos días, pelirroja.
- Buenos días, feo. 
- ¿Qué tal ha dormido la princesa?
Ella suelta una leve risa y responde.
- Perfectamente. ¿Listo para hacer el trabajo?
- Listo. 
Sonrisas por parte de ambos. 
Juntos, se dirigieron a la habitación del chico. Como casi siempre, su casa estaba vacía. Sus padres trabajaban y hermano mayor se encerraba a estudiar en la biblioteca una dificilísima carrera de medicina. 
- ¿Quieres tomar algo? - se ofreció Pablo. 
- Pues... ¿Me das un vasito de agua? - dijo Marta con dulzura. 
- Claro. Ve pensando de qué hacer el trabajo. - contestó él mientras se dirigía a la cocina. 
- Lo hacemos de ¿Las energías fósiles?
- ¡Vale! - gritó él desde la otra estancia de la casa.
- Creo que necesitaremos un ordenador. - hablaba ella mientras se dirigía a la habitación en la que se encontraba su amigo. - ¿Dónde está el tuyo? - continuó ya estando junto al chico.
Se giró sobresaltado. Ambos empezaron a reír a carcajadas. 


En otro lado de la ciudad. En la gran mansión de los Fernández.
- Te parece que hagamos el trabajo de... ¿Los problemas medio-ambientales? 
- Sí... ¿Sabes de que va el tema? Y yo que pensaba que ni mirabas los libros...
Álvaro la miró con sorpresa.
- ¿Tan mala imagen tienes de mí?
- Pues...
- Déjalo no contestes. - el chico se levantó de la silla enfadado, frustrado. 
La chica le siguió. O al menos lo intentó. Era una casa tan grande... ¿Por dónde había ido? ¿Izquierda o derecha? 
- ¿Álvaro? No es culpa mía tener esa imagen de ti. Tú te la buscas. - pensándolo bien, eso era lo peor que podría haber dicho. - Vale... Lo siento. Vuelve. No sé ni dónde estoy yo. - continuó.
No recibía respuesta. Resopló. Cristina caminó por los pasillos. Estaba perdida. Se decidió, si encontraba una ventana o alguna escapatoria saldría de allí. Ya sabía que era mala idea hacer un trabajo con él. La imagen que tenía de su compañero había empeorado. Ahora le puede añadir el adjetivo infantil. 
- Por fin. - pensó. 
Había encontrado la puerta por la que había entrado. La abrió y salió dando un portazo. Siguió el camino de piedras y se encontró con aquella enorme cancela. Estiró un poco sus brazos y se preparó para treparla. Pero alguien la agarró del brazo.
- Haber enana, ¿Qué se supone que haces? 
- Haber niñato, no me llames enana. Intento salir de aquí. Si tengo que suspender, suspenderé. No me importa. No tengo que aguantar esa actitud tuya. Ya el lunes me devuelves mis cosas. 
De nuevo, la chica hizo amago de trepar aquella enorme cancela pero esta vez, la agarraron de la cintura y, con un movimiento rápido, Álvaro la cogió en brazos como si de un saco de patatas se tratase. 
- ¡Coño Álvaro! ¡Qué me sueltes! - dijo ella pataleando y pegándole puñetazos en su fuerte espalda. 
- ¡Ese vocabulario enana! 
Ella resopló y se dejó llevar hasta la mesa en la que anteriormente estaban. 
- Te voy a soltar. Y te vas a estar quieta. Porque como habrás comprobado, no me cuesta nada volverte a atrapar. - dijo el chico hablando muy despacio. 
Y así, la sentó en la mesa y la miró esperando que hablara. 
- ¡Deja de mirarme así! Has sido tú el que se ha enfadado. 
- Perdona, eres tu la que me tomas por un engreído, imbécil y lo que sea que pienses de mí. ¡Y encima me llamas niñato!
Ella le miró resignada. 
- Vale... Lo siento. - dijo en un tono apenas audible. 
- ¿Cómo has dicho? 
- ¡Que lo siento! ¿Vale? Me he pasado un poco... Pero también tengo razón. Eres tú el que se comporta de esa forma. 
- Está claro que no sabes lo difícil es sobrellevar que te pongas etiquetas en tu personalidad. 

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